Por: Alberto Valencia

 

La difícil situación por la que estamos atravesando ha hecho que todas las miradas se vuelvan hacia el Estado, como el mesías que tiene en sus manos la salida, a pesar de que durante varias décadas estuvimos escuchando un discurso que denunciaba su ineficiencia, para exaltar, en contrapartida, al mercado como la ‘clave de bóveda’ para la regulación de la vida económica y social. Si una reflexión importante nos deja esta crisis profunda es precisamente lo que significa el Estado en nuestro medio.

¿Qué es el Estado en la sociología política? Una célebre definición del sociólogo Max Weber, ampliamente aceptada, dice que es “el monopolio del uso legítimo de la violencia física” y simbólica. Y gracias a ese monopolio asume el derecho a cobrar impuestos, manejar la política económica, administrar Justicia, garantizar la vida de los asociados, salvaguardar la integridad del territorio, controlar la educación, regular la vida privada (nacimiento, matrimonio, muerte), orientar la cultura (el idioma que hablamos) pero, sobre todo, ser el gestor del sentido de pertenencia de los ciudadanos a una “comunidad imaginada” llamada nación. Este monopolio tiene dos caras: puede ser el fundamento de una atroz dictadura pero también la clave para construir un proceso de civilización.

¿Qué es el Estado para nosotros? Su presencia física y simbólica es precaria y diferenciada en el territorio nacional. Hay inmensas regiones a las que no llega y en las que los grupos armados le disputan el monopolio de las armas. Incluso en las grandes ciudades, como hemos visto aquí, franjas importantes escapan de su control. La hermana Alba Estela Barreto (q.e.p.d.) contaba que cuando llegó al Oriente de la ciudad pasó mucho tiempo para entender que eso también era Cali, porque muchos no se sentían caleños. Allí no existe la ley, los habitantes tienen que jugarse el día a día en disputa con el hambre, la droga, la prostitución, las pandillas, el crimen. Los jóvenes de los centros Valle de Lili y Villanueva confiesan que su expectativa de vida no va más allá de los 22 años. La muerte para ellos no es una sorpresa sino un destino y saben que vivir un día más es un premio. Allí radica la desobediencia de los barrios del Oriente que hemos visto en los últimos días. ¿Cómo puede el Estado llamar a la solidaridad en tiempos de pandemia, donde nunca ha tenido presencia y donde morir por un virus es un mal menor?

El colombiano, por lo general, no se identifica con el Estado al que vive, como dice Jorge Luis Borges refiriéndose a los argentinos, “como una inconcebible abstracción”. Nuestras élites políticas por lo general, desde el Siglo XIX, han sido antiestatistas, han tratado de reducirlo a las funciones mínimas para garantizar su éxito económico, sin importarles que por esta misma vía agravaban su debilidad frente a la gestión social. Los grandes estadistas que trataron de “crear Estado”, López Pumarejo o Lleras Restrepo, fueron duramente marginados.